Morante se inspira, entusiasma y se rebela en una faena genial

Las obras de arte no pueden valorarse. No hay calificación posible. No vale un sí o un no. Ni un bien o un mal. El arte se siente o no, te arrebata o te deja indiferente. Te emociona o no. Pero la emoción, el arrebato, la entrega y la inspiración no pueden valorarse ni puntuarse. Tampoco premiarse con una o dos orejas.A Madrid se iba hoy en busca de emociones. Se encerraba, en un gesto que le honra, un artista tocado con la varita mágica. La de las musas que pueden a uno inspirarle y arrebatarle. Hubo que esperar hasta el quinto, un toro de Sorando que marcó la tarde. En los medios, concluida la faena, llegó una fuerte voltereta, provocada por el torero, confiado y en un toque a destiempo. Ese giro trágico cambió la corrida.Afortunadamente, ese toro, estrecho de sienes y muy bien hecho, empaló a Morante. No hubo herida. Una fuerte brecha y más la paliza, tremenda paliza, que el susto. Las asistencias llegaron raudas y lo trasladaron ensangrentado a la enfermería. De su frente manaban hilos de sangre. Se había cortado el ambiente con un escalofrío.Antes de eso a Morante se le iba la tarde. Aunque siempre tuvo el público a favor. No terminó de hacer el esfuerzo con el buen toro de Gavira que abrió plaza. El segundo de Sorando le hizo un extraño en el capote y dejó que lo reventasen en el caballo. Al tercero de Ana María Bohórquez nada pudo hacerle, pues fue el más soso y parado de la corrida. Con el noblote de Rosario Osborne no lo intentó. Y con ese quinto la faena se vino a menos muy rápido. Se iba la tarde y la gesta de Morante.Sin embargo, hasta ese momento, el sevillano había deleitado con el capote. Fue su fuerte toda la tarde. Con media docena de templadas verónicas recibió al primero. Y con tres y la media calentó la cosa en un quite mágico a ese toro. No lo vio con el segundo, que se quedó corto. A pies juntos lanceó al de Bohórquez, aunque el toro se volvió y no terminó de gustarse. Tampoco lo intentó con el cuarto, con el que echó el paso atrás. Pero sonó la flauta en el quinto, un toro que humilló hasta el final –arrastró el hocico por la cal de las rayas- y al que cuajó media docenas de verónicas de cartel. Con mimo, suavidad y magia. Abrochó con una larga de tintes clásicos y a ese toro, que se vino templado de salida, lo quitó por chicuelinas para deleitarse. Dos y una media magistrales. Para llorar de la emoción.Con la muleta la película fue otra. Parecieron desinflarse las faenas por momentos. Tan sólo con el primero de Gavira y el quinto de Sorando pareció querer Morante. A los otros tres los despachó en poco más de tres cuartos de hora. No terminó de redondear con el primero, con el que dejó buenos muletazos en redondo pero dio la impresión de no querer más. De reservarse. Tampoco había levantado la faena a ese quinto antes de la voltereta. Y eso que el inicio fue prometedor: muletazos por alto, un cambio despacioso, el de pecho y el remate por bajo. Todo con temple. Luego llegaron las dudas.Tras la voltereta, la incertidumbre corrió por los tendidos, mientras Alejandro Castro terminaba con el toro de una estocada a paso de banderillas. ¿Saldría o no Morante? El palco retrasó la salida del toro. Carreras y comentarios de delegados, cuadrillas, Roberto Espinosa y alguacilillos. Policía por todas partes. El Rey en el palco. Y la plaza en pie, a la espera. Diez minutos estuvimos sin noticias. Y la plaza comenzó a mosquearse. Pitos hubo. Y por megafonía anunciaron que Morante de la Puebla volverá a los ruedos’. Así, tal cual. Reaparición al canto. Se cubrió de gloria el del micro.Velaba armas José Antonio en la enfermería y esperaba en corrales Hatero. Un toro de Cuvillo de preciosa lámina, muy en Osborne. Morante y Cuvillo se entienden a la perfección. Y perfecta fue la embestida del toro: humillado, con recorrido, fijeza, prontitud y transmisión. Pareció picado de salida del temple que tuvo. Lo vio Morante y comenzó el delirio. Ocho verónicas hasta los medios con el aire más clásico de todas: la mano de salida ligeramente arriba, la de embroque en la bragueta, y el cuerpo hacia delante. Capricho para la vista. Para los sentidos. Para sentirlo y vivirlo. Antológico.El toro se vino arriba y Morante también. Y hubo un quite a la verónica, de tres y la media para exquisitos paladares. Y regalo por delantales. Lo mejor, la media con la que abrochó todo. Con los tendidos metidos en faena, cogió los palos. Dos pares de poder a poder, en los medios, de categoría. Dejándose venir al toro, el embroque en la cara, en una cuarta de terreno, y clavando arriba. Y el tercero, al quiebro y por los adentros, en un palmo. Hasta en eso fue clásico Morante. Estallaron entonces las lágrimas. Y volaron los sombreros. Varios lustros hacía de ello en Madrid.Luego llegó una faena arrebatada. Pura inspiración. Ora al hilo, ora al pitón contrario. Ora enganchado, ora hasta el final del muletazo. Ora sentida, ora desmayada. El artista estaba en pleno proceso creativo. Si no fueron completas las tandas, hasta los huesos calaron los remates: cambios de mano, trincheras, kikirikíes, ayudados por alto y bajo, recortes finales… todo un catálogo para paladear.Se vació Morante como nunca lo había hecho en Madrid. Bien a pies juntos, bien con el compás abierto y despatarrado. Bien por bajo, bien a media altura. Consiguió Morante levantar su tarde. Como sólo los genios pueden hacerlo. Mató horrorosamente mal. Pero ahí quedó una obra genial. Ovación de gala para el toro y oreja para el torero. Uno se queda con las sensaciones. Valen mucho más que los despojos. Y no se olvidan.